Érase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos. Acercándose la hora de su muerte hizo llamar a sus tres hijos. "Mirad, quiero repartiros lo poco que tengo antes de morirme". Al mayor le dejó el molino, al mediano le dejó el burro y al más pequeñito le dejó lo último que le quedaba, el gato. Dicho esto, el padre murió.Mientras los dos hermanos mayores se dedicaron a explotar su herencia, el más pequeo cogió unas de las botas que tenía su padre, se las puso al gato y ambos se fueron a recorrer el mundo. En el camino se sentaron a descansar bajo la sombra de un árbol. Mientras el amo dormía, el gato le quitó una de las bolsas que tenía el amo, la llenó de hierba y dejó la bolsa abierta. En ese momento se acercó un conejo impresionado por el color verde de esa hierba y se metió dentro de la bolsa. El gato tiró de la cuerda que le rodeaba y el conejo quedó atrapado en la bolsa. Se hecho la bolsa a cuestas y se dirigió hacia palacio para entregársela al rey. Vengo de parte de mi amo, el marqués Carrabás, que le manda este obsequio. El rey muy agradecido aceptó la ofrenda.Pasaron los días y el gato seguía mandándole regalos al rey de parte de su amo. Un día, el rey decidió hacer una fiesta en palacio y el gato con botas se enteró de ella y pronto se le ocurrió una idea. "¡Amo, Amo! Sé cómo podemos mejorar nuestras vidas. Tú solo sigue mis instrucciones." El amo no entendía muy bien lo que el gato le pedía, pero no tenía nada que perder, así que aceptó. "¡Rápido, Amo! Quítese la ropa y métase en el río." Se acercaban carruajes reales, era el rey y su hija. En el momento que se acercaban el gato chilló: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡El marqués Carrabás se ahoga! ¡Ayuda!". El rey atraído por los chillidos del gato se acercó a ver lo que pasaba. La princesa se quedó asombrada de la belleza del marqués. Se vistió el marqués y se subió a la carroza. El gato con botas, adelantándose siempre a las cosas, corrió a los campos del pueblo y pidió a los del pueblo que dijeran al rey que las campos eran del marqués y así ocurrió. Lo único que le falta a mi amo -dijo el gato- es un castillo, así que se acordó del castillo del ogro y decidió acercarse a hablar con él. "¡Señor Ogro!, me he enterado de los poderes que usted tiene, pero yo no me lo creo así que he venido a ver si es verdad." El ogro enfurecido de la incredulidad del gato, cogió aire y ¡zás! se convirtió en un feroz león. "Muy bien, -dijo el gato- pero eso era fácil, porque tú eres un ogro, casi tan grande como un león. Pero, ¿a que no puedes convertirte en algo pequeño? En una mosca, no, mejor en un ratón, ¿puedes? El ogro sopló y se convirtió en un pequeño ratón y antes de que se diera cuenta ¡zás! el gato se abalanzó sobre él y se lo comió. En ese instante sintió pasar las carrozas y salió a la puerta chillando: "¡Amo, Amo! Vamos, entrad." El rey quedó maravillado de todas las posesiones del marqués y le propuso que se casara con su hija y compartieran reinos. Él aceptó y desde entonces tanto el gato como el marqués vivieron felices y comieron perdices.
FIN
El sueño de Carolina.
Había una vez una niña que se llamaba Carolina, sus padres eran muy pobres, tanto que no tenían dinero para comprarle juguetes.
Por eso la pobre Carolina se conformaba con apretar su naricita contra las vidrieras de las jugueterías y contemplar todas las maravillas que allí se encontraban.
Pero había un juguete que a ella le parecía el más lindo de todos: un oso de felpa.
Tenía ojos verdes y su cuerpo color naranja; colocado en medio de la vidriera parecía que sonreía a todo el que mirase.
Sucedió una noche que Carolina tuvo un sueño muy hermoso...
El oso de la juguetería vino a buscarla y la llevó al bosque. Allí estaban reunidos todos los animales en una gran fiesta, porque era el cumpleaños de Lito, un viejo y sabio león a quien nadie le tenía miedo pues jamás se enojaba y era amigo de todos los niños. Los animales formaron una rueda alrededor del homenajeado y le cantaron el "Cumpleaños Feliz"; luego el león Lito sopló las velitas de la enorme torta de crema y chocolate y convidó con ella a todos los presentes. Y mientras Carolina saboreaba su rica porción de torta, Lito se acercó para conversar con ella y preguntarle cosas de la ciudad. La niña le contó como era el barrio y las calles.
El simpático león le preguntó:
- ¿Cuál es tu paseo preferido?
Carolina le dijo que lo que más le gustaba era ir hasta la juguetería, para contemplar a través de la vidriera todas las hermosas cosas que allí había; porque ella no podía comprarlas, p ues era muy pobre.
Lito sintió mucha pena por la pequeña y como era más bueno que un león bueno, le regaló una nuez grandota y le dijo:
- Tu me gustas porque eres buena, y por eso te doy esta nuez. Deberás ponerla en una maceta con tierra y regarla.
De pronto ¡Rin!... ¡Rin!...era el relojito que la llamaba para ir a la escuela.
La niña se despertó y ... ¡Oh! ¡Que sorpresa! encontró en su mano una nuez.
Entonces recordó lo que le había dicho Lito, el león en el sueño y la plantó y regó.
Por fin, después de tres días ...¡Qué maravilla! Apareció un árbol repleto de juguetes. Carolina saltaba de alegría. ¿No les parece un lindo sueño?
FIN
Pirulí era un ratoncito rebelde. Como mamá Ratona lo rezongó, Pirulí se fue de su cueva. Caminó y caminó por toda la casa buscando un lugar para vivir, hasta que llegó al viejo piano.
-¡Qué lugar tan hermoso! - pensó. Y empezó a roer hasta hacer una puertita. Estaba tan cansado que apenas terminó, Pirulí se durmió en su nueva casa.
Las notas, que vivían en el viejo piano, lo miraban con asombro y, traviesas, resolvieron asustarlo.
Mientras las notas planeaban asustarlo, el ratoncito soñaba con un enorme gato gris. El gato abría su bocaza y gritaba terriblemente. ¡Pobre Pirulí! ¡Qué susto! Corría y corría y no encontraba - en el sueño- la puerta de su cueva.
Las notas del piano de pronto sonaron muy fuerte.
Pirulí se despertó tan asustado que casi no se podía mover.
-¡Mamá! ¡Mamita! - gritaba desesperado mientras, viendo el susto del ratoncito rebelde, las notas en el viejo piano, reían alegremente.
-¡Qué lugar tan hermoso! - pensó. Y empezó a roer hasta hacer una puertita. Estaba tan cansado que apenas terminó, Pirulí se durmió en su nueva casa.
Las notas, que vivían en el viejo piano, lo miraban con asombro y,
Mientras las notas planeaban asustarlo, el ratoncito soñaba con un enorme gato gris. El gato abría su bocaza y gritaba terriblemente. ¡Pobre Pirulí! ¡Qué susto! Corría y corría y no encontraba - en el sueño- la puerta de su cueva.
Las notas del piano de pronto sonaron muy fuerte.
Pirulí se despertó tan asustado que casi no se podía mover.
-¡Mamá! ¡Mamita! - gritaba desesperado mientras, viendo el susto del ratoncito rebelde, las notas en el viejo piano, reían alegremente.
Alicia Alonso
(Adaptado)
(Adaptado)
La
gata de la buena suerte.
Este cuento de gatos tiene que suceder en ese barrio imposible de Florida donde todo sucede y todo podrá suceder. Entonces comenzando bien la historia les diré que un día en el barrio imposible de Florida nació una gatita preciosa, tenía tres colores bien marcados, increíbles colores. Pintados sobre un blanco muy requeteblanco tenía manchitas negras y al lado de las negras otras, las increíbles, que eran naranjas como las naranjas de verdad.
Al principio la mamá gata la lavó más que a sus otras dos hijitas que eran negras y blancas como ella, intentó quitarle aquellas manchitas anaranjadas porque donde se vio una gatita con color de naranjas.
Pero fue imposible quitárselas y mamá gata se tuvo que resignar, la gatería del barrio vino a ver a las tres recién nacidas y quedaron asombrados con las manchitas naranjas pero como la gatita en cuestión era muy chiquita apenas se veían.
Pero los días primaverales pasaron, como las flores del jardín crecían las gatitas pero la de tres colores crecía más rápido mostrando cada vez más las naranjas de su lomo. Era juguetona y alegre como todo gatito pequeño.
Tenían dos meses las tres gatitas cuando llegó la señora de la casa con otra señora y dos niños a mostrarle las gatitas.
- Pero Sonia- dijo la visitante- tenés una gatita de tres colores.
- Sí- dijo la dueña de casa- ¿viste qué raro?
- No, es más que raro, es maravilloso- contestó la visita.
- Bueno, no sé Susana, ¿por qué te parece tan especial?
- No me digas que no sabes que esas gatas traen suerte…
- No, nunca oí nada de eso- dijo Sonia- además si te digo que yo en esas cosas no creo…
- Bueno pero yo sí- dijo Susana- quiero que me regales ésa.
- Está bien Sonia- dijo la dueña de casa y tomó a la gatita en sus manos- cuidala, es muy bonita.
- ¿Que si la voy a cuidar?- contestó Susana- Será nuestro tesorito y cuidadito del que la moleste- dijo mirando a sus dos hijos con cara de madre enojada antes de tiempo.
Y se llevaron muy contentos a la gatitas de tres colores que llamaron Orange, que así se dice naranja en inglés. No sé por qué les gustó más la palabra en inglés que en español.
Desde ese día instalada en la casa de Susana, Orange tuvo todos los mimos y las atenciones, collar con nombre y dirección por si se perdía, almohadón especial para dormir, juguetes, su baño especial que se limpiaba a diario, comida carísima de esa que comen los gatos muy finos de olfato. Qué más podía pedir la gatitas de tres colores.
Cuando tenía seis meses el dueño de casa, don Oscar, andaba rezongando por los gastos de la veterinaria cuando le llegó la noticia, junto a la cuenta de la veterinaria, de que se había ganado un televisor de esos rectangulares y gigantes que se usan ahora.
- Te lo dije- le dijo su mujer- esta gatita trae suerte.
- ¿Pero será posible?- se preguntaba el esposo- Nunca en mi vida había ganado un premio.
Y se fueron a buscar el televisor gigante, lo trajeron en una camioneta porque no entraba en el autito que usaban. Lo instalaron en la sala y dejaron que Orange mirara películas con gatos desde su almohadón.
No habían pasado ni tres meses cuando se ganaron el premio grande de la lotería. Cuando se enteraron iban a salir a hacer una fiesta en la calle con el barrio pero Susana lo pensó y dijo:
- No digan nada.
- ¿Por qué?- preguntaron a coro Oscar y los dos niños.
- Porque es lo que les dije, la gatita de tres colores nos da suerte, si el barrio se entera me la pueden robar…
- La gente de este barrio no hace esas cosas- dijo Oscar muy serio.
- No, ya lo sé- dijo Susana- pero las noticias de buena suerte vuelan, pueden venir de otro lado.
Así que se fueron a cobrar el premio muy calladitos todos. Pero cambiaron el autito por un auto, cambiaron la vieja lavadora por una nueva, incluso arreglaron la vereda, pusieron un gran jardín al frente.
Y luego enrejaron todo, la casa quedó tapada de rejas.
Los vecinos preguntaban. Susana se hacía la distraída y Oscar siempre tenía mucho trabajo. Los dos hijos, Oscarcito y Felipe, tenían prohibido hablar, pero prohibido prohibidísimo, como de castigo de mucho rato si lo hacían.
En la casa mientras tanto Orange andaba saltando por todos lados, su almohadón era nuevo, sus juguetes también, su alimentación era carísima pero ella de eso no sabía nada y había comenzado a aburrirse de su encierro. Miraba por horas enteras el jardín cada día más lindo y grande desde su ventana.
Hasta que llegó el día de la competencia de la Escuela: Oscarcito tenía que correr para calificar para el inter escolar contra su propio hermano Felipe. Se peleaban de noche, de día, de tarde y a todas las horas. Su madre no sabía ya como hacer para mantenerlos lejos de la gatita Orange, los dos querían dormir con ella, abrazarla, darle de comer, buscando la suerte de su lado.
Una siesta donde el sol había comenzado a dar bastante calor los padres se durmieron mirando el televisor gigante y Felipe tomó la gatita en sus brazos para llevarla con él, pero su hermano no lo iba a permitir así fue como comenzaron a correrse. Fue corriendo que salieron al jardín y mientras se peleaban Orange aprovechó para escapar, había visto desde hacía días un hermoso gato negro que le maullaba desde la reja.
Mientras los hermanos seguían peleando, Orange se escapaba y el barrio entero dormía la siesta.
En la carrera de la Escuela no ganó ni Oscarcito ni Felipe, ganó un chico llamado Carlos. En la casa de Susana quedaron todos los muebles patas arriba de tanto buscar a Orange, gastaron mucho dinero poniendo anuncios en la radio, en los periódicos y en la televisión. La foto de Orange con el cartelito: hay recompensa si la trae sana y salva, adornaba todos los árboles del barrio.
Entonces sucedió lo que sucede en ese barrio y en algunos otros: todos los vecinos se pusieron a buscar a la gatita de tres colores, tanto la buscaron que desde otros barrios también colaboraron, tanto insistieron que hasta un anuncio en la radio local totalmente gratis pedía por la mascota Orange, y daban la dirección de los dueños.
- Esto sí que es tener suerte- murmuraban Susana y Oscar-un barrio tan solidario como el nuestro.
Pero Orange ni estaba tan lejos, ni tan desaparecida, sólo estaba enamorada de un gato negro que le maullaba en la oreja, como todos los gatos cuando están enamorados.
Cuando regresó a la casa ya tenía gatitos en su pancita. Susana la recibió con mucho cariño, le aprontó el almohadón, los juguetes y mucha comida porque se dio cuenta que iba a ser mamá. Toda la familia esperaba ansiosa el nacimiento. Orange tuvo dos gatitos negros y un gatita blanca con rayitas negras y naranjas que hicieron salir a festejar a toda la familia. Qué digo la familia, digo el barrio.
Ahora esta historia pasó hace algún tiempo y el barrio tiene muchas gatitas de tres colores, porque ya se sabe que las gatas y los gatos cuando les da por tener hijos, tienen muchos.
Susana y Oscar han ido regalando las gatitas de la suerte a los vecinos, a los que más la necesitan: algunos han podido comprarse la casita que soñaban, otros han podido vencer una enfermedad, otros, nada de loterías o premios, sólo han ganado más y más amigos que esa sí es una suerte enorme.
Al barrio imposible de Florida han pensado en llamarlo : Florida un barrio con suerte, pero no sé si la alcaldesa Graciela estaría de acuerdo, después de todo es su barrio.
DATOS BIBLIOGRÁFICOS:
Autora:Adela Turín
Autora:
Ilustradora: Nella Bosnia
Título original: Arturo e Clementina
Traducción: Humpty Dumpty
Editorial: Lumen
Primera edición: 1976
TE INVITAMOS A LEER EL CUENTO:
ARTURO Y CLEMENTINA
Un hermoso día de primavera Arturo y Clementina, dos
jóvenes y hermosas tortugas se conocieron al borde de un
estanque, y aquella misma tarde descubrieron que estaban
enamoradas.
Clementina, alegre y despreocupada, hacía muchos
proyectos para su vida futura, mientras paseaban los dos a
orillas del estanque y pescaban algunas cosillas para la cena.
Clementina decía, “Ya verás qué felices seremos,
viajaremos y descubriremos otros lagos y otras tortugas
diferentes, encontraremos otra clase de peces y otras plantas
y flores en la orilla, ¡será un vida estupenda! Iremos incluso al
extranjero, ¿sabes una cosa?, siempre he querido visitar
Venecia, Arturo sonreía y decía vagamente que sí.
Pero los días transcurrieron iguales al borde del estanque. Arturo había decidido pescar
él solo para los dos, y así Clementina podría descansar.
Llegaba a la hora de comer con renacuajos y caracoles y le preguntaba a Clementina,
¿cómo has estado cariño, la has pasado bien?, y Clementina suspiraba. “Me he aburrido sola
todo el día esperándote” ¡Aburrido! Gritaba Arturo indignado. ¿Dices que te has aburrido?
Busca algo que hacer. El mundo está lleno de ocupaciones, sólo se aburren los tontos. A
Clementina le daba vergüenza ser tonta y hubiera querido no aburrirse tanto, pero no podía
evitarlo.
Un día cuando volvió Arturo, Clementina le dijo, “Me gustaría tener una flauta, aprendería a
tocarla, inventaría canciones y eso me entretendría”, pero a Arturo esa idea le pareció absurda
¿tú tocar la flauta? Ni siquiera distingues las notas, eres incapaz de aprender, no tienes oído.
Y aquella noche Arturo apareció con un hermoso tocadiscos y lo ató a la casa de Clementina
mientras decía “Así no lo perderás, eres tan distraída”.Clementina le dio las gracias, pero antes
de dormirse estuvo pensando por que tenia que llevar a cuestas aquel tocadiscos tan pesado en
lugar de una flauta ligera, y si era verdad que no hubiese llegado a aprender las notas y que era
distraída, pero después avergonzada, decidió que tenia que ser así puesto que Arturo tan
inteligente lo decía, suspiró resignada y se durmió.
Durante algunos días Clementina escuchó el
tocadiscos. Después se cansó, era de todos modos
un objeto bonito y Clementina se entretuvo
limpiándolo y sacándole brillo, pero al poco tiempo
volvió a aburrirse y un atardecer mientras
contemplaba las estrellas a orillas de un estanque
silencioso, Clementina dijo “Sabes Arturo, algunas
veces veo las flores tan bonitas y de colores
extraños que me dan ganas de llorar, me gustaría
tener una caja de acuarelas y poder pintarlas”.
¡Vaya idea ridícula, te crees artista! Qué bobada y
reía, reía.
Clementina pensó, “vaya he vuelto a decir una
tontería, tendré que andar con cuidado o Arturo va a
cansarse de tener una mujer tan tonta” y se esforzó
en hablar lo menos posible. Arturo se dio cuenta
enseguida y afirmó “Tengo una compañera aburrida
de veras, no habla nuca y cuando lo hace no dice
más que disparates” pero debió sentirse culpable. A
los pocos días se presentó con un paquetón: “mira
he encontrado a un amigo mío pintor y le he
comprado un cuadro para tí. ¿Estarás contenta?
Decías que el arte te interesa pues ahí lo tienes,
átatelo porque con lo distraída que eres, ya veo que
acabarás por perderlo.
La carga de Clementina aumentaba poco a poco, un
día se añadió un florero de murano ¿no decías que te
gustaba Venecia? Tuyo es, átalo bien para que no se te
caiga, eres tan descuidada; otro día llegó con una
colección de pipas austríacas dentro de una vitrina,
después una enciclopedia que hacía suspirar a
Clementina, “Si por lo menos pudiera leer” llegó el
momento en que fue necesario añadir un segundo piso
a la casa de Clementina.
Clementina, con la casa de dos pisos a sus
espaldas ya no podía moverse, Arturo le llevaba la
comida y esto la hacía sentirse impotente, él siempre le
decía ¿Qué harías tú sin mi? Claro, suspiraba
Clementina “qué haría yo sin ti”.
Poco a poco la casa de dos pisos quedó
completamente llena, pero ya tenía una solución, tres
pisos más se añadieron a la casa de Clementina, hacía
mucho tiempo que la casa de Clementina se había
convertido en un rascacielos.
Clementina una mañana de primavera decidió que aquella vida no podía seguir por más
tiempo, salió sigilosamente de la casa y se dio un paseo, fue muy hermoso pero muy corto.
Arturo volvía a casa para el almuerzo y debía encontrarla esperándolo como siempre.
Pero poco a poco, el paseíto se convirtió en una costumbre y Clementina se sentía cada vez
más satisfecha de su nueva vida. Arturo no sabía nada pero sospechaba que ocurría algo
¿De qué demonios te ríes, pareces tonta? le decía, pero Clementina esta vez no se preocupó
en lo absoluto. Ahora salía de la casa y en cuanto Arturo volvía la espalda la encontraba
cada vez más extraña, y la casa más desordenada, pero Clementina empezaba a ser
verdaderamente feliz y los rezongos de Arturo no le importaban ya.
Y un día Arturo encontró la casa vacía, se enfadó muchísimo, no entendió y años más
tarde seguía contándoles a sus amigos: “Realmente era una ingrata la tal Clementina,
no le faltaba nada, veinticinco pisos tenía ya su casa y todos llenos de tesoros”.
Las tortugas viven muchos años, y es posible que Clementina viaje feliz por
el mundo, es posible que toque la flauta y haga hermosas acuarelas de
plantas y flores. Si encuentras una tortuga sin casa, intenta llamarla.
¡CLEMENTINA, CLEMENTINA! Y si te contesta, seguro que es ella.
Este cuento de gatos tiene que suceder en ese barrio imposible de Florida donde todo sucede y todo podrá suceder. Entonces comenzando bien la historia les diré que un día en el barrio imposible de Florida nació una gatita preciosa, tenía tres colores bien marcados, increíbles colores. Pintados sobre un blanco muy requeteblanco tenía manchitas negras y al lado de las negras otras, las increíbles, que eran naranjas como las naranjas de verdad.
Al principio la mamá gata la lavó más que a sus otras dos hijitas que eran negras y blancas como ella, intentó quitarle aquellas manchitas anaranjadas porque donde se vio una gatita con color de naranjas.
Pero fue imposible quitárselas y mamá gata se tuvo que resignar, la gatería del barrio vino a ver a las tres recién nacidas y quedaron asombrados con las manchitas naranjas pero como la gatita en cuestión era muy chiquita apenas se veían.
Pero los días primaverales pasaron, como las flores del jardín crecían las gatitas pero la de tres colores crecía más rápido mostrando cada vez más las naranjas de su lomo. Era juguetona y alegre como todo gatito pequeño.
Tenían dos meses las tres gatitas cuando llegó la señora de la casa con otra señora y dos niños a mostrarle las gatitas.
- Pero Sonia- dijo la visitante- tenés una gatita de tres colores.
- Sí- dijo la dueña de casa- ¿viste qué raro?
- No, es más que raro, es maravilloso- contestó la visita.
- Bueno, no sé Susana, ¿por qué te parece tan especial?
- No me digas que no sabes que esas gatas traen suerte…
- No, nunca oí nada de eso- dijo Sonia- además si te digo que yo en esas cosas no creo…
- Bueno pero yo sí- dijo Susana- quiero que me regales ésa.
- Está bien Sonia- dijo la dueña de casa y tomó a la gatita en sus manos- cuidala, es muy bonita.
- ¿Que si la voy a cuidar?- contestó Susana- Será nuestro tesorito y cuidadito del que la moleste- dijo mirando a sus dos hijos con cara de madre enojada antes de tiempo.
Y se llevaron muy contentos a la gatitas de tres colores que llamaron Orange, que así se dice naranja en inglés. No sé por qué les gustó más la palabra en inglés que en español.
Desde ese día instalada en la casa de Susana, Orange tuvo todos los mimos y las atenciones, collar con nombre y dirección por si se perdía, almohadón especial para dormir, juguetes, su baño especial que se limpiaba a diario, comida carísima de esa que comen los gatos muy finos de olfato. Qué más podía pedir la gatitas de tres colores.
Cuando tenía seis meses el dueño de casa, don Oscar, andaba rezongando por los gastos de la veterinaria cuando le llegó la noticia, junto a la cuenta de la veterinaria, de que se había ganado un televisor de esos rectangulares y gigantes que se usan ahora.
- Te lo dije- le dijo su mujer- esta gatita trae suerte.
- ¿Pero será posible?- se preguntaba el esposo- Nunca en mi vida había ganado un premio.
Y se fueron a buscar el televisor gigante, lo trajeron en una camioneta porque no entraba en el autito que usaban. Lo instalaron en la sala y dejaron que Orange mirara películas con gatos desde su almohadón.
No habían pasado ni tres meses cuando se ganaron el premio grande de la lotería. Cuando se enteraron iban a salir a hacer una fiesta en la calle con el barrio pero Susana lo pensó y dijo:
- No digan nada.
- ¿Por qué?- preguntaron a coro Oscar y los dos niños.
- Porque es lo que les dije, la gatita de tres colores nos da suerte, si el barrio se entera me la pueden robar…
- La gente de este barrio no hace esas cosas- dijo Oscar muy serio.
- No, ya lo sé- dijo Susana- pero las noticias de buena suerte vuelan, pueden venir de otro lado.
Así que se fueron a cobrar el premio muy calladitos todos. Pero cambiaron el autito por un auto, cambiaron la vieja lavadora por una nueva, incluso arreglaron la vereda, pusieron un gran jardín al frente.
Y luego enrejaron todo, la casa quedó tapada de rejas.
Los vecinos preguntaban. Susana se hacía la distraída y Oscar siempre tenía mucho trabajo. Los dos hijos, Oscarcito y Felipe, tenían prohibido hablar, pero prohibido prohibidísimo, como de castigo de mucho rato si lo hacían.
En la casa mientras tanto Orange andaba saltando por todos lados, su almohadón era nuevo, sus juguetes también, su alimentación era carísima pero ella de eso no sabía nada y había comenzado a aburrirse de su encierro. Miraba por horas enteras el jardín cada día más lindo y grande desde su ventana.
Hasta que llegó el día de la competencia de la Escuela: Oscarcito tenía que correr para calificar para el inter escolar contra su propio hermano Felipe. Se peleaban de noche, de día, de tarde y a todas las horas. Su madre no sabía ya como hacer para mantenerlos lejos de la gatita Orange, los dos querían dormir con ella, abrazarla, darle de comer, buscando la suerte de su lado.
Una siesta donde el sol había comenzado a dar bastante calor los padres se durmieron mirando el televisor gigante y Felipe tomó la gatita en sus brazos para llevarla con él, pero su hermano no lo iba a permitir así fue como comenzaron a correrse. Fue corriendo que salieron al jardín y mientras se peleaban Orange aprovechó para escapar, había visto desde hacía días un hermoso gato negro que le maullaba desde la reja.
Mientras los hermanos seguían peleando, Orange se escapaba y el barrio entero dormía la siesta.
En la carrera de la Escuela no ganó ni Oscarcito ni Felipe, ganó un chico llamado Carlos. En la casa de Susana quedaron todos los muebles patas arriba de tanto buscar a Orange, gastaron mucho dinero poniendo anuncios en la radio, en los periódicos y en la televisión. La foto de Orange con el cartelito: hay recompensa si la trae sana y salva, adornaba todos los árboles del barrio.
Entonces sucedió lo que sucede en ese barrio y en algunos otros: todos los vecinos se pusieron a buscar a la gatita de tres colores, tanto la buscaron que desde otros barrios también colaboraron, tanto insistieron que hasta un anuncio en la radio local totalmente gratis pedía por la mascota Orange, y daban la dirección de los dueños.
- Esto sí que es tener suerte- murmuraban Susana y Oscar-un barrio tan solidario como el nuestro.
Pero Orange ni estaba tan lejos, ni tan desaparecida, sólo estaba enamorada de un gato negro que le maullaba en la oreja, como todos los gatos cuando están enamorados.
Cuando regresó a la casa ya tenía gatitos en su pancita. Susana la recibió con mucho cariño, le aprontó el almohadón, los juguetes y mucha comida porque se dio cuenta que iba a ser mamá. Toda la familia esperaba ansiosa el nacimiento. Orange tuvo dos gatitos negros y un gatita blanca con rayitas negras y naranjas que hicieron salir a festejar a toda la familia. Qué digo la familia, digo el barrio.
Ahora esta historia pasó hace algún tiempo y el barrio tiene muchas gatitas de tres colores, porque ya se sabe que las gatas y los gatos cuando les da por tener hijos, tienen muchos.
Susana y Oscar han ido regalando las gatitas de la suerte a los vecinos, a los que más la necesitan: algunos han podido comprarse la casita que soñaban, otros han podido vencer una enfermedad, otros, nada de loterías o premios, sólo han ganado más y más amigos que esa sí es una suerte enorme.
Al barrio imposible de Florida han pensado en llamarlo : Florida un barrio con suerte, pero no sé si la alcaldesa Graciela estaría de acuerdo, después de todo es su barrio.
DATOS BIBLIOGRÁFICOS:
Autora:Adela Turín
Autora:
Ilustradora: Nella Bosnia
Título original: Arturo e Clementina
Traducción: Humpty Dumpty
Editorial: Lumen
Primera edición: 1976
TE INVITAMOS A LEER EL CUENTO:
ARTURO Y CLEMENTINA
Un hermoso día de primavera Arturo y Clementina, dos
jóvenes y hermosas tortugas se conocieron al borde de un
estanque, y aquella misma tarde descubrieron que estaban
enamoradas.
Clementina, alegre y despreocupada, hacía muchos
proyectos para su vida futura, mientras paseaban los dos a
orillas del estanque y pescaban algunas cosillas para la cena.
Clementina decía, “Ya verás qué felices seremos,
viajaremos y descubriremos otros lagos y otras tortugas
diferentes, encontraremos otra clase de peces y otras plantas
y flores en la orilla, ¡será un vida estupenda! Iremos incluso al
extranjero, ¿sabes una cosa?, siempre he querido visitar
Venecia, Arturo sonreía y decía vagamente que sí.
Pero los días transcurrieron iguales al borde del estanque. Arturo había decidido pescar
él solo para los dos, y así Clementina podría descansar.
Llegaba a la hora de comer con renacuajos y caracoles y le preguntaba a Clementina,
¿cómo has estado cariño, la has pasado bien?, y Clementina suspiraba. “Me he aburrido sola
todo el día esperándote” ¡Aburrido! Gritaba Arturo indignado. ¿Dices que te has aburrido?
Busca algo que hacer. El mundo está lleno de ocupaciones, sólo se aburren los tontos. A
Clementina le daba vergüenza ser tonta y hubiera querido no aburrirse tanto, pero no podía
evitarlo.
Un día cuando volvió Arturo, Clementina le dijo, “Me gustaría tener una flauta, aprendería a
tocarla, inventaría canciones y eso me entretendría”, pero a Arturo esa idea le pareció absurda
¿tú tocar la flauta? Ni siquiera distingues las notas, eres incapaz de aprender, no tienes oído.
Y aquella noche Arturo apareció con un hermoso tocadiscos y lo ató a la casa de Clementina
mientras decía “Así no lo perderás, eres tan distraída”.Clementina le dio las gracias, pero antes
de dormirse estuvo pensando por que tenia que llevar a cuestas aquel tocadiscos tan pesado en
lugar de una flauta ligera, y si era verdad que no hubiese llegado a aprender las notas y que era
distraída, pero después avergonzada, decidió que tenia que ser así puesto que Arturo tan
inteligente lo decía, suspiró resignada y se durmió.
Durante algunos días Clementina escuchó el
tocadiscos. Después se cansó, era de todos modos
un objeto bonito y Clementina se entretuvo
limpiándolo y sacándole brillo, pero al poco tiempo
volvió a aburrirse y un atardecer mientras
contemplaba las estrellas a orillas de un estanque
silencioso, Clementina dijo “Sabes Arturo, algunas
veces veo las flores tan bonitas y de colores
extraños que me dan ganas de llorar, me gustaría
tener una caja de acuarelas y poder pintarlas”.
¡Vaya idea ridícula, te crees artista! Qué bobada y
reía, reía.
Clementina pensó, “vaya he vuelto a decir una
tontería, tendré que andar con cuidado o Arturo va a
cansarse de tener una mujer tan tonta” y se esforzó
en hablar lo menos posible. Arturo se dio cuenta
enseguida y afirmó “Tengo una compañera aburrida
de veras, no habla nuca y cuando lo hace no dice
más que disparates” pero debió sentirse culpable. A
los pocos días se presentó con un paquetón: “mira
he encontrado a un amigo mío pintor y le he
comprado un cuadro para tí. ¿Estarás contenta?
Decías que el arte te interesa pues ahí lo tienes,
átatelo porque con lo distraída que eres, ya veo que
acabarás por perderlo.
La carga de Clementina aumentaba poco a poco, un
día se añadió un florero de murano ¿no decías que te
gustaba Venecia? Tuyo es, átalo bien para que no se te
caiga, eres tan descuidada; otro día llegó con una
colección de pipas austríacas dentro de una vitrina,
después una enciclopedia que hacía suspirar a
Clementina, “Si por lo menos pudiera leer” llegó el
momento en que fue necesario añadir un segundo piso
a la casa de Clementina.
Clementina, con la casa de dos pisos a sus
espaldas ya no podía moverse, Arturo le llevaba la
comida y esto la hacía sentirse impotente, él siempre le
decía ¿Qué harías tú sin mi? Claro, suspiraba
Clementina “qué haría yo sin ti”.
Poco a poco la casa de dos pisos quedó
completamente llena, pero ya tenía una solución, tres
pisos más se añadieron a la casa de Clementina, hacía
mucho tiempo que la casa de Clementina se había
convertido en un rascacielos.
Clementina una mañana de primavera decidió que aquella vida no podía seguir por más
tiempo, salió sigilosamente de la casa y se dio un paseo, fue muy hermoso pero muy corto.
Arturo volvía a casa para el almuerzo y debía encontrarla esperándolo como siempre.
Pero poco a poco, el paseíto se convirtió en una costumbre y Clementina se sentía cada vez
más satisfecha de su nueva vida. Arturo no sabía nada pero sospechaba que ocurría algo
¿De qué demonios te ríes, pareces tonta? le decía, pero Clementina esta vez no se preocupó
en lo absoluto. Ahora salía de la casa y en cuanto Arturo volvía la espalda la encontraba
cada vez más extraña, y la casa más desordenada, pero Clementina empezaba a ser
verdaderamente feliz y los rezongos de Arturo no le importaban ya.
Y un día Arturo encontró la casa vacía, se enfadó muchísimo, no entendió y años más
tarde seguía contándoles a sus amigos: “Realmente era una ingrata la tal Clementina,
no le faltaba nada, veinticinco pisos tenía ya su casa y todos llenos de tesoros”.
Las tortugas viven muchos años, y es posible que Clementina viaje feliz por
el mundo, es posible que toque la flauta y haga hermosas acuarelas de
plantas y flores. Si encuentras una tortuga sin casa, intenta llamarla.
¡CLEMENTINA, CLEMENTINA! Y si te contesta, seguro que es ella.